Comentario: 'Frente al silencio'


ILAS

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Testimonios de la violencia en Latino América

 

Gabriel Araujo Paullada
Ofelia Desatnik Miechimsky
Lidia Fernández Rivas
(Editores)
Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia, A.C. México, 1999. (368 páginas)

Rodrigo Erazo R
Médico Psiquiatra
Terapeuta Familiar.
Santiago, octubre de 2001

"En la medianía del cuerpo
una daga me metió,
sin saber por qué
ni por qué sé yo…

Y de aquella herida mortal
Mucha sangre me salió,
Sin saber por qué
Ni por qué sé yo…
Él sí lo sabía,
Pero yo no…"
("Los de Abajo", Mariano Azuela)

 

Veintiocho autores de diez países latinoamericanos entre México y el Cono Sur, participan en la elaboración de esta obra, fruto de los trabajos presentados al Encuentro Internacional: Transición a la Democracia y Violencia en Latinoamérica (Ciudad de México, 1998).

El libro se estructura en base a tres capítulos (Condiciones de la violencia, Escenarios de la violencia e Intervenciones y alternativas frente a la violencia) más un epílogo (Una reflexión sobre la memoria y el testimonio en América Latina).
Así, tenemos frente a nosotros una obra que indaga en los orígenes de la violencia en América Latina (AL), revisa cierta cartografía sobre la que esta violencia se despliega y por cierto, propone un conjunto de modos de acción. Más allá de lo formulado por el título de cada uno de los temas expuestos, diríamos que todos contienen de algún modo una voluntad reflexiva, sea ésta general o particular.

Aún cuando una buena parte de los temas están tratados desde una óptica psicológica o terapéutica, esta mirada se equilibra con los aportes ofrecidos desde los campos sociológico, antropológico, educacional y político.
Tal vez sea ésta una de las mayores singularidades que ofrece la obra. A pesar de lo intensamente tratado del tema de la violencia en AL, es difícil hallar textos que lo aborden desde una perspectiva tan plural como la que nos ofrecen los colaboradores de este libro.

Es cierto que la amplitud involucra tanto riesgos como oportunidades. A nuestro juicio, está publicación sortea exitosamente los riesgos, en tanto que aprovecha la ventaja de aportes que provienen de experiencias diferentes tanto en lo geográfico como en lo cultural y profesional.

Diversas dualidades van emergiendo a través de la lectura. Oposiciones, más bien, como aquella que está contenida ya en el título: silencio vs. Testimonio.

A la triple dimensión de la violencia reseñada -económica, política y social- se opone un silencio que surge a menudo desde el miedo, la desconfianza, la complicidad, la pasividad, la desinformación; así lo subraya con fuerza, datos y argumentos Florence Rosemberg en Las formas que toma la violencia en el mundo contemporáneo.
¿Qué hay de verdaderamente novedoso - podríamos preguntarnos- en éste análisis? ¿No podría ser un análisis más sobre la violencia en la historia de un continente obligado a preguntarse y a analizar de manera incesante aquel componente primordial de su historia fraguada a sangre y fuego, esa violencia consagrada e impuesta desde el inicio de la Conquista por la cruz y por la espada?

La violencia y sus múltiples discursos circulan y se reciclan sin parar frente a nosotros. La novedad, afirma Estela Troya, "... son los ojos, la mirada, el lugar desde donde vemos, sentimos, pensamos". La real diferencia estaría en el rechazo a la violencia como condición necesaria o inevitable en las relaciones humanas vía la generación de alternativas de convivencia más elaboradas y complejas (y por lo mismo, reconoce ella, difíciles de alcanzar). Desde una perspectiva sistémica de análisis, con un guiño construccionista, Troya propone la generación de una nueva "epistemología de la convivencia".

Tan antigua como la misma convivencia social, tan repetida como ella, casi como su sombra, está la cuestión de la impunidad de los responsables. En una penetrante e informada exploración histórica y política, Elizabeth Lira recontextualiza el tema de la verdad, de la memoria y de la justicia con respecto a los crímenes y a las diferentes formas de violencia desplegadas por el Estado chileno, tanto durante las dictaduras como dentro de regímenes que han pasado por ser democráticos.

En cierto sentido el texto de Lira es una suerte de crónica sobre el modo en que la reconstrucción de la verdad ha sido posible, aunque sea parcialmente, en nuestro país. Es decir, cómo fue que esta verdad se constituyó, en lo medular, desde la exigencia de verdad y justicia sobre casos singulares expuestos porfiadamente ante los tribunales por los abogados de DDHH, a pesar de la consabida negación de la misma por parte de quienes tenían la obligación de ejercerla por medio del Estado.

Más allá de la denegación de justicia, Lira apunta al modo en que estos textos (recursos de amparo, de protección, apelaciones, etc.) fueron armando una suerte de densa trama narrativa que luego se iría trenzando con los aportes sociales, médicos, terapéuticos, provenientes del trabajo desplegado por las mismas organizaciones de derechos humanos que iniciaron las acciones legales, para así poder escribir sobre una Verdad.

La contribución de Isabel Piper (Análisis crítico del trabajo psicológico en violencia), constituye una reflexión de aguda resonancia para quienes trabajan sobre el tema de la violencia en general, y en particular a aquellos profesionales que lo hacen sobre la violación a los DDHH y sus consecuencias.

Piper plantea que, en tanto las prácticas y conocimientos generados por esos profesionales se van convirtiendo en parte del mismo proceso, es preciso constituirse a la vez, y de manera permanente, en "objeto de la propia reflexión".
Por otra parte,… "si el trabajo profesional en violencia es una práctica social -señala- [ésta práctica]… mantiene y promueve ciertas relaciones sociales. Esto subyace al hecho de que la práctica de la psicología tenga un carácter "intrínsecamente político".

La autora critica el proceso por el cual la institucionalización de la acción en DDHH ha ido tecnificando el problema, "…transformándolo en un conjunto de medidas administrativas y al mismo tiempo en un problema psicológico que debe ser resuelto al interior de los consultorios clínicos". Más allá, critica la promoción de un concepto de "violencia privada, como un espacio despolitizado, que debe ser resuelto en el ámbito de lo individual". Es claro entonces su manifiesto acuerdo con el rescate de lo político como algo inseparable del concepto de violencia. Así, no habría lugar a suponer una suerte de práctica psicológica "aséptica" cuando tratamos de la violencia, independientemente del ámbito en que esta se verifique.

Esta postura tendrá plena acogida en el trabajo de Gabriel Araujo y Lidia Fernández, Violencia institucional y subjetividad. Aquí, los autores parten coincidiendo en la franca oposición que alcanzan los términos violencia y palabra en un determinado contexto de significados, al menos. De inmediato se interrogan, sin embargo, acerca de la posibilidad de una distorsión generada en el plano de la construcción de significados, atributos o connotaciones desde el aparato que organiza y distribuye tales conceptos, es decir el "poder".

Así, es posible que la palabra adquiera también la connotación de violencia en una doble forma: en tanto se hace presente para usarla efectivamente como tal, o bien para ocultar o enmascarar sus acciones (aquellas que se verifican desde ese mismo "poder").

(Plena de sentido se nos antoja esta formulación, sobre todo cuando traemos a la memoria la eficaz metodología de encubrimiento y descalificación utilizada por las dictaduras en general y en concreto por la de Pinochet. Podemos recordar a manera de ejemplo, el uso comunicacional de términos como el de "presuntos desaparecidos", aquí, mientras la palabra ("presuntos") oculta, al mismo tiempo denuncia, machacona e incansable, la falsedad de aquellos a quienes se pretende desvirtuar y satanizar).

Sin embargo, la posición de Araujo y Fernández enfatiza por otra parte la necesidad de recuperar la palabra como "instrumento de lucha en contra de la violencia ejercida". Como ellos apuntan,… "que sea la palabra la vía de acceso para nombrar ese lugar en que el silencio[…]se vuelve condición de muerte".

La crítica de los autores al aparato productor de subjetividades y significados va más allá de la denuncia política de las dictaduras, alcanzando a la propia noción de "sociedades en tránsito a la democracia". La discusión que los autores hacen sobre esta materia aparece sostenida por un conjunto de elementos sociales y políticos aportados por ellos, y que por obvias razones de espacio no es posible exponer aquí, aunque si invitar a los lectores a dirigir su mirada sobre este planteamiento, pleno de vigencia.

Nos parece interesante destacar la acción delimitadora que los autores hacen sobre la violencia social, … "entendiendo ésta como la violencia que se dirige hacia la ruptura de lazos sociales, es decir, de aquello constituido por la relación del sujeto con los otros y que lo constituye como sujeto colectivo".

La capacidad destructiva y disolvente de la violencia sobre el entramado social, se encuentra en buena mediad representada en cada uno de los trabajos relacionados con las propuestas específicas de los distintos colaboradores del capítulo Intervenciones y alternativas frente a la violencia. La posibilidad de un análisis más en profundidad sobre cada una de esas experiencias se encuentra ciertamente limitado por el espacio. Diremos sin embargo que constituyen una muestra representativa de trabajo social, educacional y psicosocial sobre temas de género, violencia, vida comunitaria y violencia, para citar algunos de ellos, y que resultan un buen ejemplo de las caracterizaciones más globales que aquí se han reseñado.

El epílogo de Raymundo Mier de alguna manera regresa sobre la cuestión de la palabra perdida y la recuperación y delimitación de los diferentes nombres de la violencia.

De nuevo, encontramos aquí una invocación a una actitud, a un tipo de práctica que es innegable e inevitablemente política. "Lo que hace posible, deseable la acción política -sostiene Mier- es esta voluntad de recobrar el tiempo, de recobrar la posibilidad de imaginar un olvido sobre la tierra fértil de un pasado que acoja la vida presente. A pesar del fracaso".

Procurando rescatar una formulación original de Benjamín sobre una violencia de purificación, Mier reafirma su confianza en una violencia reactiva, entendiéndola como aquella "… que surge de la negación misma del sentido de degradación y de sometimiento inherente a la violencia de la negación misma del sentido de degradación y de sometimiento inherente a la violencia primordial de la ley…", y también como "… interrogación sobre la responsabilidad, sobre la posibilidad de encontrar en el otro una alianza para formular una respuesta inaudita ante toda voluntad de sometimiento…"

En suma, nos encontramos en este libro frente a una visión caleidoscópica y fecunda sobre la inagotable cuestión de la violencia social en nuestro continente y sus diferentes nombres, sobre sus actores, sobre el trabajo de reparación en la víctimas y los encargados de procurar la prevención de los modos actuales de reproducción y sostén de la violencia institucionalizada.

No es este un libro "técnico" sobre el tema. Esta es quizá la palabra que provocaría el más unánime rechazo de todos los autores de esta publicación.

Sin embargo, los autores son profesionales no sólo de un determinado campo del saber: lo son también, y sobre todo de un compromiso militante, consistente, sostenido, en un campo de trabajo caracterizado por el propósito de la superación de modos distorsionados y brutales de convivencia.

Resulta claro que la efectividad de su acción no sólo depende de su éxito profesional y particular, sino de la convocatoria social más amplia a la que pueda aspirar su quehacer, talvez cada uno de los últimos reductos éticos del ser y del hacer humanos.

 

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