Comentario: 'Chile , poética de la tortura política'


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Por: Cristián Barría

El autor chileno Hernán Vidal ha publicado un completo y documentado estudio sobre la tortura: Chile: Poética de la Tortura política, Mosquito Editores, Stgo, 2001. En él estudia el fenómeno de la tortura, desde un enfoque múltiple, antropológico, sociológico, psicológico, de crítica literaria, tratando de captar el significado cultural de la tortura. Aborda su objeto de estudio tomándolo como una practica cultural, con una metodología similar a la que en otros estudios se utiliza para analizar practicas religiosas, o la institución de la fiesta, o las costumbres eróticas.

Ensaya conceptos que pueden iluminar la persistencia e importancia que ha llegado a tener esta práctica. Desmenuza, separa los hilos de la extraña trama que constituye la tortura, en un esfuerzo de análisis. Utiliza un amplio material de estudio, entre ellos obras literarias recientes que aluden a esta realidad, escritos autobiográficos y también informes de psicólogos y siquiatras dedicados a la terapia de personas afectadas por la tortura. Describe su labor como un estudio de "segunda generación", al basarse en documentos, sin incluir un acercamiento directo a los hechos empíricos y a sus víctimas.

Vidal intenta una comprensión global del fenómeno, estudiado hasta ahora mas bien fragmentariamente por distintos autores, preguntándose que elementos culturales pueden explicar la sorprendente tolerancia de amplios sectores de la población ante el uso generalizado de la tortura, durante muchos años. Describe dos posiciones existenciales claves en el drama vivido en la dictadura: por una parte, "el sacrificio humano generoso por una utopía política", y por otro, " la crueldad humana casi inimaginable para reprimirla." Señala dos aspectos en la tortura: uno que afinca en lo biológico, lo íntimo y subjetivo, quizá imposible de definir, y otro, el entramado ideológico, lingüístico, mítico, político. Si bien la interioridad misma del dolor catastrófico tal vez se nos escape, la inserción del sujeto torturado en la trama de la cultura puede ser estudiada, y es lo que intenta.

Alude a la diferencia existencial de una persona que padece un dolor crónico producto de un accidente común, y el de otra persona que sufrió tortura política. En ambos casos hay sufrimiento y un impacto en la personalidad y la vida familiar y social, sin embargo, el caso que tuvo una causa política necesita una legitimación en el mundo social, que le dé un sentido. También señala como el horror de los casos de desaparecimiento de personas probablemente saturó por un tiempo la sensibilidad pública, quedando el fenómeno de la tortura comparativamente desperfilado. En su opinión, la preocupación de una sociedad frente a la tortura sería un buen indicador de su desarrollo ético.

Describe como el estado dictatorial se erigió en un bastión contra el caos, el desorden y la barbarie, convirtiéndose en una especie de pedagogo terrible, cuyo brazo disciplinario fueron los militares. La tortura habría sido la raíz de todas las demás violaciones de los derechos humanos. Esta violenta disciplina nutrió el miedo omnipresente en la sociedad dictatorial. Cita aquí a E.Lira, a propósito del miedo crónico: "fenómeno masivo y perceptible, a la vez que privado, encubierto y renegado." La relación de la tortura con el miedo generalizado sería semejante a la de un objeto y su imagen reflejada en mil espejos. Al dolor físico de algunos le corresponde el dolor psíquico de muchos. Se trata de experiencias que son íntimas y al mismo tiempo de efecto público. El miedo puede compararse con un fenómeno de la física: en la tensión superficial de un liquido en reposo, las moléculas se mantienen ligadas unas con otras por una débil fuerza, que al extenderse, van generando una superficie total homogénea. El temor aparentemente leve de un individuo mas el de allá van componiendo, al multiplicarse, una trama finalmente dócil ante el poder.

Vidal recuerda las raíces míticas de la tortura: "fueron actos rituales, festivales en que los militares vencedores celebraron orgiásticamente la victoria de su causa. Junto con las tareas de recolección de inteligencia estaba la distensión violenta y placenteras de energías acumuladas por el odio...", de lo que se encuentra clara evidencia en documentos. Estudia los escritos autobiográficos de Luz Arce, y la novela Casa Vacía de Carlos Cerda.

Discute el significado de los "Estados de Excepción" de la dictadura, en que se suspendían aspectos importantes del imperio de la ley. La autoridad solía declararlos ante un riesgo a la supervivencia del estado, como catástrofes naturales, guerras externas o conmociones nacionales, en las que el estado se arroga el monopolio de la violencia. Esta es una situación paradojal, en que el estado, por así decir, finge una regresión al drama originario que habría dado nacimiento al Estado, en que, cabe suponer, un caos primigenio se oponía al orden naciente. El Poder suspende la ley, para lograr imponerla, a su vez, a sangre y fuego. El Estado "provoca la paradoja de administrar la sociedad exclusivamente sobre excepciones singulares, las violaciones a la ley". Esta violencia excepcional busca dar origen a un nuevo orden legal, regular, normal en el futuro. Así, un parto violento daría luz a un nuevo orden legal. Pero sería necesario un período en que, como en una vuelta a la prehistoria de la ley, lo anormal se volvió normal. Por ejemplo, el poder se ejerce un tiempo por medio de órdenes dadas sólo a viva voz, no escritas, con el fin de no dejar huellas que inculpen en el futuro a las fuerzas armadas, como si todo esto hubiera ocurrido en tiempos remotos, o fuera del tiempo. Esta prehistoria no deberá ser recordada.

Recuerda Vidal que excepción quiere decir etimológicamente "poner afuera". El poder autoritario actúa como en un tiempo mítico, funda un nuevo orden con violencia. Uno de sus gestos decisivos es "poner afuera", separar. Una de las máximas expresiones de su soberanía es el campo de concentración, donde se reúnen los elementos indeseables a los ojos del poder: los apestados, los que encarnan el caos. Vidal avanza sobre la idea de "biopolítica" de Foucault y del autor italiano Agamben. Foucault describía como las imágenes de la prisión y el asilo muestran al ciudadano el lugar que le esta destinado, en caso de transgredir el orden social. Pero en dictadura, las prisiones se multiplican como las cabezas de una hidra gigantesca que devora a los indeseables. El enorme monstruo adquiere formas grotescas: lugares de esparcimiento comunitario, estadios, colonias de veraneo, en forma siniestra, se trocan, en prisiones y cadalsos.

Vidal nos previene que no debe caerse en el error de pensar que la tortura y demás atrocidades son fundamentalmente perversiones o conductas atípicas, eso sería caer en la hipocresía. Sigue en esto a Agamben, quien considera que la tortura forma parte de la violencia que ejerce el poder político, como parte de su funcionamiento, no siendo en absoluto un error. Lo cita: "Seria mas honesto, y sobre todo mas útil, investigar cuidadosamente los procedimientos jurídicos y los dispositivos de poder con el que los seres humanos pueden ser despojados tan radicalmente de sus derechos y prerrogativas de tal modo que ningún acto cometido contra ellos pueda tener la categoría de crimen". El estado entonces se reserva el derecho de llevar a la sociedad a una situación tal en que se desvanece el ordenamiento normal, la cultura y la civilización se vuelven como artificiosas e inútiles, la vida se simplifica y retrocede a formas más elementales y crueles: esa sería "la vida bruta", concepto que desarrolla y profundiza. En esa situación el detenido no es ya un hombre, un rival. Es carne desnuda, huesos, heces; es una nada arrastrada en los intestinos del Estado, que para vivir reduce a un número de personas a la condición de no-personas. Es el monstruo de ciertas pinturas de Goya, que devora hombres pretendiendo cuidarlos, es el "ogro filantrópico" del que nos ha hablado Octavio Paz. La reflexión de Vidal no es solo sobre este caso particular de violencia en Chile. Con Agamben, se pregunta por las condiciones de posibilidad de estas violencias. De por qué en Chile se volvió a cumplir aquella atroz verdad que dice que "el estado moderno ha sido y seguirá siendo el peor perpetrador de las más atroces violaciones de los derechos humanos". Este es uno de los grandes méritos del libro, su profunda reflexión sobre como una sociedad puede caer en este estado de vida bruta, y la capacidad de sus páginas de estimular , a su vez, a la meditación.

Vidal utiliza una conceptualización tomada de diversos autores, una especie de visión biológica y orgánica del estado. Así como el embrión humano se desarrolla a partir de tubos y tejidos que crecen, se transforman y se imbrican, así también se podría ver el desarrollo del Estado, como un gigantesco organismo, y a la misma cultura, como el "medio externo", que baña al sujeto. Describe como la vida social incluye una serie de conductas que pueden considerarse " rituales de cura, purificación, castigo, conmemoración y celebración." Estos rituales encuentran ya preparadas sus formas en la costumbre, mitificada, al modo de lo sagrado, especificando el uso del "espacio, el tiempo, el movimiento, el baile, los movimientos, la música, el uso de la voz, los sonidos, la luz, el contacto con otros cuerpos".

Uno de estos comportamientos rituales sería la tortura. Estos rituales se asocian a determinados estados de conciencia, posibilitan cambios en el sujeto, transformaciones, catarsis. " Los rituales constituyen una forma privilegiada de metamorfosis de las formas corporales". La proclamación del estado de excepción da carácter oficial y ritual a la sesión de tortura que será dirigida por personal especializado, de acuerdo a pautas y programas precisos. El estado especifica una clase de personas, al modo de una casta desechable, cuyo castigo extremo y muerte no será considerado delito, no habiendo para ellos protección.

El autor ilustra estas figuras en el relato de una de las víctimas, "El Infierno", que puede ser leído como un viaje mítico, un cataclismo, una compleja transformación personal a partir de experiencias físicas, corporales. Ella es "devorada" por el órgano de seguridad de la época, y ya en la tortura inicial, "comienzo a aprender a morir" - declara -. Se inicia la demolición " para reducir a la persona a simple "cosa", "algo tirado ahí" que esta "siendo usado", "una muñeca desarticulada". El ser total de la mujer es reducido a la condición de una gran vagina lesionada. Lo sexual y lo digestivo son fusionados; boca y vagina son equiparadas por un poder sádico que la posee y deglute. En algún momento la detenida, que ha sido ya reducida a lo más ínfimo (heces, barro, costras) tiene una experiencia de transformación religiosa, que le otorga un sentido a su degradación y sufrimiento.

El autor señala cómo en esta suspención de la ley, el Poder contó con la sumisión del poder judicial. Lo "excepcional" de la situación le permitió al poder político actuar sin contrapesos. El poder judicial aceptó, por omisión, que era lícito agredir a una clase indeseable. Cita un increíble y vergonzoso fallo, en que los jueces se quejan por los numerosos recursos legales de las familias de las víctimas, presentados en defensa de los perseguidos políticos, pues distraerían la atención de los tribunales que no alcanzan a dedicarse con mas atención a otros casos ¡que serían más urgentes! : las cortes declaran que "han sido abrumadas en su trabajo con los numerosos recursos de amparo que se han interpuesto so pretexto de las detenciones que ha decretado el poder ejecutivo. Esto ha traído perturbaciones en la administración de justicia quitando a los Tribunales... la oportunidad de ocuparse de asuntos urgentes de su competencia." La expresión clave aquí parece ser "de su competencia". La persecución abusiva de los indeseables políticos no era asunto de "la competencia " de los jueces; esas víctimas estarían,entonces, en un "mas allá" de la justicia.

Vidal encuentra antecedentes de la represión política, en el maltrato que recibían desde antes los presos comunes en Chile. Allí ya había una experiencia policial en el tormento y la demolición humana, que el autor analiza. Esa experiencia se multiplicó y amplió para abarcar amplios sectores de la población durante la dictadura, y no fue necesario importarla. Además, en los espacios carcelarios se dan ciertas formas de violencia ejercida entre las distintas categorías de delincuentes, que organiza y da jerarquías al interior de la población penal, lo que se describe en el libro, para lo cual se basa en especial en los trabajos de la socióloga Doris Cooper. Estas practicas violentas de las prisiones comunes son utilizadas por Vidal para interpretar las formas que adoptará la violencia, posteriormente, en la represión política. Esta es una tesis inquietante que aparece bien fundada. Había en Chile una triste y contundente experiencia en el maltrato al detenido.

Estudia con detalle un estudio de terapeutas chilenas Tortura y resistencia en Chile. Estudio médico político, de Barceló, Reszcynski y Rojas, publicado en el extranjero. Cita abundante material de ese estudio, relatos de víctimas y su vivencia de la tortura, en una valiosa casuística. En su opinión las terapeutas suponen o esperan una entrega casi mística o religiosa del militante a su causa, que lo llevaría a una entrega cercana al martirologio, lo que por su parte cuestiona. Reflexiona que las fuerzas armadas chilenas pueden haber cometido un serio error estratégico al largo plazo, al usar tanta violencia en su régimen. Pudiendo en esto haberse comportado como las fuerzas francesas en Argelia, que avasallaron rápidamente a sus oponentes pero al hacer un uso tan extensivo de la tortura finalmente se desprestigiaron y despertaron tremendas resistencias en la población civil, lo que llevó a un fracaso político a Francia, perdiendo finalmente Argelia. Recuerda Vidal un principio prudencial básico del uso de la fuerza, que aconseja siempre utilizarla el mínimo necesario, pues nunca puede anticiparse las consecuencias a futuro que tendrá un uso excesivo de ella. El uso de tanta violencia ilegal en Chile, ha obligado a las fuerzas armadas a replegarse sobre sí mismas, creando una subcultura que las proteja, pero al precio de distanciarlas de una ciudadanía crítica.

Luego analiza la practica misma de la tortura, en sus distintas dimensiones, en lo que es el corazón del libro. Describe en ella elementos que la configuran como un ritual de pasaje: el sujeto es llevado a un espacio distinto del cotidiano, secreto y demarcado; se pone en suspenso su identidad buscando transformarla; se lo lleva a estados de caos personal propicio a las perturbaciones de conciencia. El torturador actúa como una especie de perverso maestro de ceremonias realizando manipulaciones que revelan "los misterios del poder" que no sería otro que la verdad atroz de un estado que se ha vuelto terrorista; que para conservar la civilización se ha vuelto incivilizado. Los que sobreviven a estas pruebas seguramente emergen profundamente transformados, pues se ha vivido una experiencia existencial límite, próxima a la muerte. Todo el peso del estado violento cae sobre los detenidos, encarnando los oficiales la majestad del poder. Transcribe descripciones, dadas por detenidos que sobrevivieron, de varios de los más conspicuos agentes que se destacaron por la crueldad de sus torturas, que constituyen verdaderos retratos. Es una galería macabra de verdugos, vistos por sus víctimas.

Menciona estudios militares extranjeros que estudian el fenómeno de la violencia excesiva y perversa, encontrando mecanismos de psicología social, como la difuminación de la responsabilidad en que el asesino suele desplazar la responsabilidad al superior y al grupo. Además el represor queda también atrapado en una especie de doble vínculo: o bien rechaza cometer atrocidades que repugnan inicialmente a su conciencia, oponiéndose al grupo que lo presiona a participar, o bien cede, sumándose al grupo, pero al precio de quedar destruido en una parte de su integridad moral individual, lo que le costará un precio en sufrimientos a futuro.

Citando a Rojas y Barudy reflexiona sobre lo que sería el nudo íntimo del desigual duelo de la tortura: el esfuerzo del victimario de transformar al detenido en una pura materialidad corporal, una masa; y el esfuerzo del detenido por conservar su identidad, su subjetividad unida al cuerpo. Como el poder no puede acceder directamente a la conciencia del detenido, quiere arrebatarle su cuerpo, que se convierte en el campo de batalla. El cuerpo devorado por el poder: el detenido es un moderno Jonás en el vientre de la ballena. Los lugares de detención son viscosos, llenos de fluidos orgánicos, dejados allí a propósito por los torturadores para mostrar a los detenidos en que se han convertido.

El uso de la electricidad en la tortura moderna, como los instrumentos mecánicos en el pasado, son elementos que expresan la potencia omnímoda del poder; la ciencia y la racionalidad parecen estar de su lado, el detenido es un conejillo de Indias. "Muchos de nuestros pacientes hubieran querido resistir hasta la muerte pero ellos no te dejan morir... Para eso nadie estaba preparado, nadie puede entrenarse para esa impotencia extrema que corresponde al momento en que el cuerpo deja de pertenecer" dicen las terapeutas citadas.

Describe el mecanismo de fuga imaginaria del cuerpo, adoptada por muchas víctimas. Cita con detalle conmovedores testimonios de detenidos, ilustrando la dimensión casi religiosa que suele tener para muchos la desgarradora experiencia, permitiendo al lector hacer su propia lectura e interpretación de los textos citado. Describe el proceso que denomina de demolición o de no retorno, en que el detenido se ve forzado a abandonar su identidad previa, transformándose en un colaborador, como ocurrió en algunos connotados casos. Describe el proceso que denomina "robo de la palabra", a que es llevado el detenido, cuando se le arrebata lo mas específicamente humano: la palabra, el Verbo. También el proceso de encapsulamiento o enquistamiento de la experiencia que hace tan difícil a la víctima compartir su experiencia en el futuro, quedando inscrita en ella como muda, como secreto escrito corporalmente, dando muchas veces sintomatología somática. La experiencia puede permanecer así como un cuerpo extraño no asimilado, que periódicamente duele, recordando que esta allí.

En ocasiones, la víctima puede quedar, en una parte, como unida al torturador, fundida con él imaginaria y afectivamente. En algunos casos el victimario, por así decir, se logra meter bajo la piel de la víctima: " se podría decir, probablemente, que en cierto momento la víctima dejó de existir, sólo existe en la unidad víctima-victimario". En estos análisis, Vidal reúne cantidad de valiosa información y publicaciones dispersas y no fáciles de conseguir, buscando una integración y reflexión mas abarcativa del complejo tema de la tortura. Posteriormente en la terapia se buscará ayudar a poner la agresión en el "afuera"; a reapropiarse del propio cuerpo para volver a "habitarlo", con el fin de recuperar gradualmente su intimidad y subjetividad, su derecho a desear desde sí, su derecho a denunciar al agresor externo,y a sentir ira e incluso odio, que le permita diferenciarse gradualmente de su agresor, y después a liberarse de él.

Se detiene en las categorías de víctimas directas y víctimas indirectas. Estas últimas serían las que no sufrieron directamente la represión pero si sufrieron el impacto cultural de ella. Ahora bien, las víctimas indirectas, para protegerse, tienden a negar su condición de víctimas, niegan su propio daño, para evitar la angustia consiguiente. Estas personas quedan entonces en una situación de alienación, de desconocimiento de su experiencia, tendiendo a ubicar el daño solo en las víctimas directas, a las que, por una parte, se compadece, pero por otra, se les margina y excluye. Esta marginación repite de una manera nueva la exclusión que antes operó la dictadura, dejando pendiente e inconclusa la necesaria reparación y reintegración. Ayer se reprimió violentamente a algunas personas o sus familias, hoy son las figuras dolientes, quizá estigmatizadas como enfermas, pero en definitiva se les sigue tratando como ciudadanos de segunda clase. De este modo, una nueva traumatización se continúa perpetrando esta vez en democracia, por la ceguera de una población y dirigentes que no quiere asumir su propio daño, proyectándolo en una minoría formalmente respetada pero que incomoda, y que muchas veces se quisiera esconder, si eso fuera posible.

El libro tiene una última parte en la que aborda una temática diferente: el desempeño de los actores que participaron en la Mesa de Diálogo. Esta parte quedó algo desconectada de la anterior, despierta, en nuestra opinión menos interés, e impresiona como una opinión adicional en un debate político más reciente y contingente. Contrasta con la primera parte, la más extensa del libro, que aporta una maciza, bien documentada y honda reflexión sobre la violencia política y la tortura. No obstante, esta segunda parte tiene interés por varios motivos. Entre otros, aporta un detallado análisis de los discursos de los interlocutores de la Mesa, citando sus palabras textuales sobre aspectos relevantes.

En este sentido hay que destacar la honestidad y rigor intelectual de un autor que enfrenta los temas más complejos con valentía, se pronuncia y define con claridad y si es preciso en forma incisiva, pero siempre fundado en un cuidadoso estudio documental, que cita con amplitud, poniendo así un valioso material a disposición del lector, de modo que pueda sacar sus propias conclusiones. Reitera que la insuficiente solución a los casos de abusos de los derechos humanos prolonga una deuda pendiente desde el régimen militar. Cuestiona los supuestos que han inspirado la doctrina de la Seguridad Nacional, que no ha respetado la normativa internacional sobre respeto a los derechos individuales en conflictos armados. Reflexiona sobre casos mas recientes como la desaparición del joven Matute Jones, que tiene múltiples aristas. Entre ellos, la sorprendente aparición, como resultado de la búsqueda del joven desaparecido, de otras seis osamentas de las que se ignora tanto la identidad como las circunstancias de su muerte. ¿Qué extraña maldición parece pesar sobre nuestro país en el tema de las desapariciones? El tema de la seguridad ciudadana es de interés relevante para la ciudadanía y los políticos. La pregunta es como desarrollar un combate contra la delincuencia común que no este desconectado de una política general sobre el uso de la violencia por parte del poder. No se trata de distraer la atención de la violencia política, desplazando sobre el delincuente común un problema mal resuelto anteriormente. Puede utilizarse la figura del delincuente para escamotear el debate sobre la represión política anterior, lo que no corresponde.

Confieso que el término poética en el título, en algo me chocó. Es algo equívoco y puede confundir al lector desprevenido que observe libros en una librería. Pues se trata de un análisis del discurso de la tortura, una crítica de la misma, el esbozo de una antropología, quizá una estética, si pudiera decirse.

En suma, un estudio profundo, extraordinariamente documentado, que reúne estudios decisivos dispersos y de difícil acceso. Es de destacar en especial las reflexiones sobre el poder como instancia violenta, cuando la vida social se convierte en "vida bruta". También el completo análisis de las practicas violentas sobre las personas, hechas con acopio de información y capacidad de plantear teorizaciones mas abarcativas, que permitan descifrar mejor estas extrañas y persistentes prácticas. El autor desde luego tiene una posición, y desde una postura comprometida acomete su investigación siempre con lucidez y con penetrante ojo clínico va desglosando y disecando su objeto de estudio de modo implacable, riguroso y al mismo tiempo respetuoso. Un breve tratado histórico de un período oscuro y terrible que debe ser mejor conocido y comprendido. Con un sello de autor y una gran pluma. Este libro es el último jalón en sus fecundos estudios anteriores sobre política y cultura, entre los cuales están los libros: FPMR, El tabú del conflicto armado en Chile; Dar la Vida por la vida, la agrupación de familiares de D.D.; Políticas culturales de la memoria histórica; Cultura Nacional Chilena, Crítica Literaria y Derechos Humanos).

 

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